La novela fantástica en el Quijote

Crítica de los géneros literarios en el Quijote


Cervantes Project
El Quijote no es una novela en absoluto ajena a lo que puede denominarse literatura fantástica. De hecho, son numerosos los episodios que, en principio, de naturaleza fantástica o maravillosa, tienen cabida, cuidadosamente integrados y extensionalizados, en la fábula de esta novela. No resulta en absoluto extraño que así sea, pues los libros de caballerías, con los que el Quijote mantiene una relación intertextual evidente y dialéctica[1], incorporaban episodios fantásticos y maravillosos como partes esenciales o determinantes suyas, definitorias intensionalmente del género literario propio de este tipo de novelas. Con todo, no deja de sorprender que, pese a la integración o extensionalización de referentes fantásticos, o incluso maravillosos, en el Quijote, nada de cuanto acontece o tiene lugar pueda ser calificado ni considerado como fantástico, y aún menos como maravilloso, desde un punto de vista intensional, esencial o determinante. Dicho de otro modo, lo fantástico y lo maravilloso quedan reducidos en esta novela de Cervantes a un efecto retórico e intertextual. Toda la “magia” que hay en la literatura precedente al Quijote está ausente del Quijote.
Así se explica que el paradigma de lo que puede considerarse intensionalmente relato o novela fantástica no se integre ni extensionalice en el Quijote de cualquier modo, sino que, en su formalización como materia literaria, responde a una construcción e interpretación muy específicas, de las que trataré de dar cuenta a continuación, y cuya conclusión estoy adelantando aquí: todos los elementos fantásticos y maravilloso presentes en la tradición literaria anterior a Cervantes, en especial la relativa a los libros de caballerías, entre otras muchas, están ausentes del Quijote, no desde un punto de vista formal, donde se los convoca precisamente para desmitificarlos, sino desde un punto de vista funcional, donde se declara y se afirma, en nombre de la razón crítica, su inexistencia. Como tendré ocasión de probar en el apartado destinado al estudio de la religión en el Quijote, esta novela está llena de referentes numinosos, mitológicos y teológicos, que resultan sistemáticamente desacreditados y esterilizados. 
Lo numinoso (encantadores, hechiceros, objetos mágicos, etc.) remite a la experiencia del desengaño, pues los hechos que lo constituyen tienen siempre una cita inexcusable con el fracaso de cada aventura que protagoniza don Quijote. Por su parte, lo mitológico, tan recurrente sobre todo durante la estancia en el castillo de los duques, remite una y otra vez a la experiencia del espectáculo, como farsa y como teatro burlesco: Merlín y sus demonios, las dueñas barbudas y doloridas, la fingida y enamoradiza Altisidora, etc. 
Lo mitológico sólo se exhibe como materia de comedia grotesca. Finalmente, las creencias articuladas en una teología, en la cual resulta comprometida la doctrina tridentina, remiten formalmente al cumplimiento de un decoro religioso cuyo fondo es la nada: un cura que oficia de todo menos de ministro del Señor, persiguiendo a don Quijote por los caminos más accidentados e inhóspitos, un eclesiástico cortesano que aparece fugazmente en la casa ducal para protagonizar el más desafortunado reproche de la novela, el cual incluso sirve de pretexto al narrador para amonestar a un hombre de religión, un pastor fraudulento que se suicida, etc. Lo numinoso, lo mitológico y lo teológico pueblan la novela cervantina sólo formalmente, pero nunca funcionalmente. Su presencia es retórica y poética, mas no operatoria ni pragmática. Y es este tipo de presencia, artificial y formalista, la prueba más evidente de su inexistencia efectiva, racional y lógica, en un mundo interpretado e intervenido enérgicamente por la razón. Lo he escrito con reiterada frecuencia, y lo sigo subrayando: Cervantes es un racionalista y un ateo, es el Spinoza de la literatura (Maestro, 2005).






[1] Calificar el Quijote de libro de caballerías, como ha hecho José Manuel Lucía Megías en un artículo primerizo, si bien de fecha relativamente reciente, como es 2002, nos parece un error muy grave, sobre todo si se tiene en cuenta que lo reitera en 2004, citándose a sí mismo una y otra vez, con estas palabras: “El Quijote es un libro de caballerías de entretenimiento” (Lucía Megías, en Salvador Miguel et al., 2004: 256). Por lo demás, su contribución es bastante útil, especialmente para quien no haya leído el Quijote, pues nos relata, si bien sumariamente, aunque con abundantes citas textuales, el argumento de múltiples episodios de la novela cervantina. Ofrece una breve, pero representativa, antología de citas.



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