Los materiales literarios en la teoría literaria de Jauss

El pensamiento literario de Hans-Robert Jauss

Por mucho que se diga, la validez del texto no procede de la autoridad de su autor, sino de la confrontación con nuestra historia vital, de la que ‘nosotros’ somos autores, pues cada uno es autor de la historia de su vida…
Hans Dieter Zimmermann (1977: 72).



Moreno Pérez, Aurelio - Bodegón
Las citadas palabras de Zimmermann reflejan con viva claridad la supremacía que los estetas de la recepción otorgan acríticamente a la conciencia de un receptor que parece poder comportarse como la mente de un demiurgo trascendental. 
Negar al autor la autoridad sobre la obra de la que él es artífice para, acto seguido, expropiarla fenomenológicamente con plenos derechos psicológicos en nombre de nuestro yo más propio y personal, sobre el cual cada cual impone el copyright de su voluntad más suya y vital, es de un ilusionismo y de una egolatría en la que generaciones completas de individuos están siendo educados contemporáneamente. 
Vivir en la convicción de que se tiene derecho a todo es una tendencia muy propia de nuestro tiempo. Estar seguro de que se posee un derecho propio para interpretar lo que psicológicamente se desee en un texto escrito, en concreto normativo, y religioso, es algo que los alemanes deben sobre todo a Lutero. En este punto, podría decirse que la estética de la recepción de Jauss llevó el luteranismo a la Teoría de la Literatura. Las palabras de Zimmermann dan prueba de esta actitud, con la impronta, indudable, de Nietzsche.
El ser humano que postula aquí Zimmermann es alguien que puede componer su propia vida a la carta: elegir la época de la Historia en la que quiere nacer, la lengua nativa que desea aprender y en la que exige ser educado, el padre o la madre que prefiere tener o no tener, el país o región en que ordena ser parido, la renta per capita en que ha de vivir, la salud que quiere para sí, etc. No veo otra forma real de que “cada uno” pueda ser “autor de la historia de su vida”. 
Semejante modo de vivir, ignorando a los demás, y a las antinomias que con ellos nos relacionan, sin las cuales toda existencia sería inconcebible, incluso la de la propia conciencia, implica no sólo desconocer algo tan elemental como es la dialéctica, sino algo tan evidente como es la vigilia y el uso de la razón. El ser humano no vive en su conciencia, sino, operatoriamente, es decir, fuera de ella: vive en el Mundo de todos, no en la mente de su yo. No se puede vivir soñando ininterrumpidamente. 
Los sueños son la venganza del irracionalismo contra la vida cotidiana, racional y civilizadora de la vigilia. Quien vive soñando no sólo vive con los ojos cerrados a la realidad, vive ante todo tramando cómo poner en peligro la vida de los demás, con frecuencia bajo la forma de la utopía, esa cara bonita que adopta la pesadilla cuando florece en la vigilia de las sociedades políticas, por boca de sus profetas y mesías. Líbrenos la vigilia de la mística del soñador.




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