Política y Literatura programática o imperativa



Licencia universal de dominio público
El teatro cómico breve de Calderón es Literatura programática o imperativa de naturaleza política, no teológica. Por esta razón debe incluirse en este apartado. Como buen cristiano, Calderón sabe dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Como dramaturgo, supo discriminar muy bien Política y Teología, consagrando sus autos sacramentales a esta última, y objetivando de forma extraordinariamente sofisticada a aquella las formas cómicas de su teatro breve, en especial sus entremeses. Ha de advertirse que toda la heterodoxia crítica presente en los entremeses cervantinos está revertida y neutralizada, en los de Calderón, hacia la ortodoxia cómica de la sociedad política y estatal de la España aurisecular.
Lo que aquí voy a proponer es una interpretación materialista del teatro cómico breve de Calderón, con el fin de objetivar el sentido que en él adquieren determinados conceptos esenciales de la poética de lo cómico: la risa, el humor, lo grotesco y la parodia. La conclusión final, que aquí adelanto, es que la parodia en el teatro cómico calderoniano, junto con los recursos principales de la experiencia cómica, tienen como fin consolidar, al igual que en sus comedias mayores, pero a través de procedimientos sutilmente diferentes, los valores conservadores y tradicionalistas de la España barroca, contrarreformista y aurisecular. Niego, por tanto, como trataré de demostrar, la posibilidad de un Calderón materialmente irreverente con el dogma, tolerante[1] o heterodoxo y, por supuesto, contemporáneo nuestro[2]. Considero que las interpretaciones que apuntan en esta dirección son de un idealismo extraordinario, que informan más sobre la intencionalidad de la crítica actual por garantizar a Calderón un puesto acreditado en el sitial de lo políticamente correcto que por interpretar una realidad literaria e histórica en la poética del teatro español aurisecular, el cual, por supuesto, nunca pretendió ni ser contemporáneo de la sociedad del siglo XXI ni compartir los valores morales de la Posmodernidad que hoy lo interpreta. No voy a discutir aquí las formas de la retórica de lo cómico en Calderón, pero sí las funciones que en su teatro breve adquieren la parodia y la poética de lo cómico, pues considero que en algunos casos han sido objeto de interpretaciones idealistas y de falsas atribuciones[3].

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[1] En efecto, se ha puesto en relación la risa de los entremeses calderonianos con la idea de la tolerancia. Este tipo de observaciones revelan ciertamente una intención por parte de la crítica de dar una imagen de Calderón capaz de satisfacer el horizonte de expectativas de nuestro tiempo, determinado por los ideales, falaces más allá de la mera retórica, de tolerancia, solidaridad, desenmascaramiento, etc.: “La risa para Calderón puede suavizar la intolerancia y modificar la rigidez del individuo o del grupo que cree mantener el monopolio de la verdad, desagregando o desenmascarando las fachadas del orden social (o del orden estético y literario). Por eso esta parte de la producción calderoniana se nutre considerablemente con la parodia de su propio teatro” (Rodríguez Cuadros, 2002: 150). De cualquier modo, el concepto que de lo cómico calderoniano nos transmite Rodríguez Cuadros no deja de ser inevitablemente contradictorio, al moverse el dramaturgo entre lo gracioso y lo dogmático, sin llegar nunca, desde mi punto de vista, a discutir o criticar seriamente ni uno sólo de los valores de la ideología estatal aurisecular: “Lo cómico (y su efecto más atrevido, unir lo que la convención y la moral querrían mantener separados) ha de recluirse dentro de un enclave temporal concreto, en el cual se ritualiza la descarga del malestar que las normas y reglas sociales producen. No es que las obras breves de Calderón no testimonien, ocasionalmente, su alto grado de consentimiento respecto al entorno. Ahí están sus entremeses más genuinamente reaccionarios: Los instrumentos, por ejemplo, en donde la burla antisemita de los alcaldes villanos se nuestra con la misma radicalidad que en sus más integristas autos sacramentales” (Rodríguez Cuadros, 2002: 152).

[2] El título del libro de Ruiz Ramón, Calderón, nuestro contemporáneo, constituye en este sentido una de las declaraciones más idealistas que se han escrito sobre el teatro calderoniano. Vid. nuestros comentarios al respecto, especialmente en lo que se refiere a la falacia de la tragedia calderoniana, en El mito de la interpretación literaria (Maestro, 2004a: 152-182).

[3] Debe quedar claro que me refiero aquí a lo cómico en el teatro breve calderoniano (entremeses, jácaras y mojigangas), y no en sus comedias, especialmente en sus comedias urbanas. En este sentido, considero que entre los mejores trabajos que se han escrito sobre la comedia calderoniana deben citarse de forma sobresaliente los de Georges Güntert (2011).


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