El narrador del Quijote y el Principio de Discrecionalidad

Crítica de los géneros literarios en el Quijote


Quijote I, 17 (Cervantes Project)
Es indudable que el pensamiento humano se manifiesta de forma discontinua, y que sus posibilidades de conocimiento, comprensión y comunicación actúan de forma igualmente discreta. Ningún ser humano dice en un solo discurso todo lo que sabe y pretende, del mismo modo que ninguna obra literaria u objeto artístico se agota en una sola lectura, aunque formalmente se objetive en una sola emisión, pues las formas adquieren siempre cierta estabilidad frente a la multiplicidad e indeterminación de los sentidos que comunican.
Todos los autores ficticios del Quijote son personajes, pero no narradores; y casi todos los personajes del relato son narradores de historias intercaladas, pero no envolventes (Cardenio, Luscinda, el cautivo...), aunque con frecuencia sí autobiográficas. Sin embargo, Cide Hamete, el personaje más pasivo —y si cabe más ficticio— de todo el Quijote, representa la disgregación de la perspectiva autorial única o monológica, al constituir, sólo formal o virtualmente, una de las manifestaciones discretas y polifónicas más dilatadas de las que conciernen a la autoría ficta de la novela.
La historia de Don Quijote se presenta como producto de varios autores (Hamete, el morisco aljamiado...) —y de uno sólo (Cervantes)—, cuyas versiones, en un juego creciente de identidad y diferencia, no siempre convergen. La narración misma del relato promueve múltiples signos de discrecionalidad y disgregación, de diferencia en la identidad. El lector está ante un sistema narrativo determinantemente barroco.
La certidumbre de un texto unitario, eludida por el Narrador-editor, es una mera ilusión, como también es una ilusión textual el sistema de autores ficticios, cuya naturaleza efectiva es exclusivamente retórica. Como ha señalado El Saffar (1989), el cronista de la historia es un moro, el traductor un morisco, los papeles aparecen rasgados y marginados..., las primeras palabras, destinadas a Dulcinea, la describen de forma zafia y grotesca; la circunstancia genética del manuscrito es social, racial y lingüísticamente de lo más heterogénea, y su unidad se discute desde todos los puntos de vista.
A medida que transcurre la narración se intensifica la marginalidad del supuesto autor, en especial desde el capítulo 9 de la primera parte. Hay un desplazamiento ilusionista del centro autorial hacia sus márgenes, que adquiere una formulación discreta, y que se consigue mediante una transducción[1] del autor real, operada y dirigida por él mismo a lo largo de su propio discurso.








[1] En relación al autor de obras literarias, Gadamer (1960/1984: 155-156) ha escrito a este respecto que “el que se disfraza no quiere que se le reconozca sino que pretende parecer otro o pasar por otro. A los ojos de los demás quisiera no seguir siendo él mismo, sino que se lo tome por algún otro, pero sólo en el sentido en el que uno juega a algo en su vida práctica, esto es, en el sentido de aparentar algo, colocarse en una posición distinta y suscitar una determinada apariencia. Aparentemente el que juega de este modo está negando su continuidad consigo y para sí, y que sólo se la está sustrayendo a aquellos ante los que está representando [...]. Lo único que puede preguntarse es a qué hace referencia lo que está ocurriendo. Los actores (o poetas) ya no son, sino que sólo es lo que ellos representan”. Como se observa, Gadamer escribe casi como Derrida.



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