Política y Religión en El amante liberal

Crítica de las Novelas ejemplares de Cervantes 
desde el Materialismo Filosófico



Cuando se habla de libertad religiosa es porque
importa poco la libertad e importa poco la religión.
Gustavo Bueno




El amante liberal es un himen narrativo que pronto cumplirá intacto cuatrocientos años, y en el que confluyen, no solo eróticamente, sino también desde impulsos políticos, sociales y culturales de primer orden, los dos sistemas de pensamiento más poderosos e influyentes de comienzos del siglo XXI: el Cristianismo y el Islam. Una y otra mitologías son completamente ajenas a cualquier forma de pensiero debole, sobre el que la falacia teórica de la posmodernidad construye sus ilusiones ideológicas y su falsa conciencia interpretativa (falsches Bewusstsein) de nuestro mundo contemporáneo[1]Plantearé aquí algunas preguntas fundamentales, a propósito de esta novela, de las que daré una respuesta dialécticamente enfrentada a los postulados del discurso posmoderno, al cual se entrega irreflexivamente la teoría literaria contemporánea, tan determinada por los vertidos ideológicos de cualquier intérprete sobre los materiales literarios. ¿Cómo abordar desde la literatura, concretamente desde la novela, el conocimiento de los contenidos culturales de un pueblo? ¿Reproduciendo esos contenidos culturales tal como se les aparecen a los seres humanos que pertenecen a ese pueblo o cultura, o reproduciendo las acciones que esos mismos seres humanos ejecutan? ¿Acaso es posible reproducir esas acciones o esos contenidos culturales, o al menos construir sus coordenadas gnoseológicas, desde los términos de nuestra propia cultura? El primer intento nos sitúa en una perspectiva emic; en el segundo, nuestra perspectiva será etic[2].
El amante liberal es una novela en la que el narrador, formalmente al menos, cuenta desde el eticismo de su cultura nativa (cristianismo), y para sus propios conterráneos, los contenidos émicos de una cultura alógena y hostil (Islam). Si este es el planteamiento que puede aducirse desde un punto de vista formal, resulta innegable que, desde un punto de vista semántico, la situación se complica de un modo deliberado, desde el momento en que el narrador dota al discurso literario de un mythos y una lexis, es decir, de una fábula y de un lenguaje que, destinados en apariencia a desacreditar el mundo islámico (emic), cuestionan irónicamente valores fundamentales del mundo cristiano (etic) —desde el que formalmente habla el narrador—, valores que atañen directamente a las creencias y a las ideologías, es decir, a la Religión y al Estado. Vamos a verlo.





Nota

[1] Es pertinente aquí recuperar la idea de “falsa conciencia”, que usan, aunque nunca definen, Marx y Engels en el contexto de sus análisis de las ideologías, a las que consideran como resultado de “un proceso realizado conscientemente por el así llamado pensador, en efecto, pero con una conciencia falsa; por ello su carácter ideológico no se manifiesta inmediatamente, sino a través de un esfuerzo analítico y en el umbral de una nueva coyuntura histórica que permite comprender la naturaleza ilusoria del universo mental del período precedente” (carta de Engels a Mehring, 14 de junio de 1893). Tomo la cita de García Sierra (“Falsa conciencia”, § 297), quien añade al respecto el siguiente comentario: “Marx entendió las ideologías como determinaciones particulares, propias (idiologias) de la conciencia, no como determinaciones universales, al modo de Desttut de Tracy. Y no solo esto: particulares o propias, no ya de un individuo, sino de un grupo social (en términos de Bacon: idola fori, no idola specus). La gran transformación que Marx y Engels imprimieron al problema de las ideologías, consistió en haber puesto la temática de ellas en el contexto de la dialéctica de los procesos sociales e históricos, sacándolas del contexto abstracto, meramente subjetivo individual, dentro del cual eran tratadas por los “ideólogos” y, antes aún, por la “Teoría de las Ideas trascendentales” de Kant. Las ideologías, según su concepto funcional, quedarán adscritas, desde Marx y Engels, no ya a una mente (o a una clase distributiva de mentes subjetivas), sino a una parte de la sociedad, en tanto se enfrenta a otras partes (sea para controlarlas, dentro del orden social, sea para desplazarlas de su posición dominante, sea simplemente para definir una situación de adaptación). Lo que caracteriza, pues, la teoría de Marx y Engels, frente a otras teorías de las ideologías, es el haber tomado como “parámetros” suyos a las clases sociales (“ideología burguesa” frente al “proletariado”); pero también pueden tomarse como parámetros a otras formaciones o instituciones que forman parte de una sociedad política dada, profesiones (gremios, ejército, Iglesia). Y, asimismo, podrá ser un “parámetro” la propia sociedad política (“Roma”, “Norteamérica”, “Rusia”) en cuanto es una parte de la sociedad universal, enfrentada a otras sociedades políticas (y así hablaremos de “ideología romana”, “ideología yanqui”, o “ideología soviética”). En cualquier caso, el concepto de ideología debe ser coordinado con el concepto de “conciencia objetiva” (conciencia social, supraindividual, no en el sentido de una conciencia sin “sujeto”, sino en el sentido de una conciencia que viene impuesta al sujeto en tanto este está siendo moldeado por otros sujetos del grupo social). Y debe ser desconectado del concepto de conciencia subjetiva, que nos remite a una conciencia individual, perceptual, distinta y opuesta a la conciencia objetiva”.
[2] Uso los términos de Pike (1954), emic / etic, pero reconstruyendo esta distinción conceptual desde los criterios del Materialismo Filosófico como teoría de la literatura. Indispensable en este punto es el opúsculo de Bueno (1990a). Para una introducción al Materialismo Filosófico como teoría literaria contemporánea, vid. Maestro (2006).



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