Viaje y aventura en el espacio antropológico de La española inglesa

Crítica de las Novelas ejemplares de Cervantes


Un héroe en la perspectiva etic de la cultura A es acaso un pirata en la perspectiva etic de la cultura B respecto de la A (Drake en Inglaterra y en España)
Gustavo Bueno (1990a: 74).



1. La “aventura” como concepto y como idea. Del concepto de aventura puede enunciarse una definición mundana u ordinaria, es decir, desde criterios basados en usos meramente coloquiales, cotidianos y convencionales, o una definición filosófica, objetivada en la Idea de lo que una aventura es, como resultante de la intersección de varios campos categoriales o científicos (Lingüística, Antropología, Historia, Geografía, Teoría de la Literatura, etc.) en los que el concepto de aventura desempeña un papel formal y funcionalmente específico. Cada ciencia, como campo categorial, posee un determinado concepto de sus términos y referentes[1]. El agua no significa científicamente lo mismo para un historiador que para un geólogo, del mismo modo que el petróleo no tiene en Antropología el mismo valor que adquiere en la Economía de los mercados financieros, ni en estos últimos su concepción es la misma que manejan la Química, por un lado, o la Termodinámica, por otro.
El concepto de aventura, tal como se interpreta en Lingüística, Economía o Historia, por poner el ejemplo de tres ciencias categoriales[2], no tiene por qué coincidir. De hecho, en el marco de la lexicografía española, el término aventura registra cuatro acepciones, que remiten al acaecimiento de sucesos extraños o inesperados, a casualidades o contingencias, a empresas de resultados inciertos y arriesgados, e incluso a una relación amorosa ocasional (que los angloamericanos llaman affaire). Desde las ciencias económicas, el concepto de aventura carece de valor positivo, dado que la naturaleza normativa de los planes y programas económicos percibe como negativa toda actividad no reglada apriorísticamente sobre la fase de formas lógicas y materiales, cuya finalidad proléptica no asegure en cierto modo un éxito financiero o mercantil. Desde el punto de vista de la Historia, se interpreta como aventura todo acontecimiento cuya finalidad lógica, en el momento de su ejecución, carece de posibilidades fácticas reales, lo cual no siempre es percibido en sus deficiencias por los sujetos que las protagonizan, ordenan o ejecutan (es por ejemplo el caso de un golpe de estado que fracasa, como el intentado por algunos militares españoles el 23 de febrero de 1981).
Los ejemplos podrían sucederse en cada una de las ciencias categoriales. Aquí, sin embargo, interesa demostrar que el concepto de aventura utilizado por la crítica literaria para interpretar diferentes novelas, en las que fenomenológicamente se narran o refieren hechos insólitos, casuales, arriesgados o inesperados, es un concepto insuficiente y ambiguo, por borroso y ordinario, cuando no por relativo y carente de valor universal. 
En este sentido se advierte que la crítica literaria, e incluso a veces la teoría de la literatura —es el caso de la tan admirada narratología bajtiniana[3]—, cuando trata de analizar el concepto de aventura en el discurso literario, se basa en definiciones de aventura fácilmente impugnables, bien porque se trata de definiciones estipulativas, es decir, definiciones propuestas sólo para ser consensuadas en un momento dado (“aventura es lo que le sucede a la ranita que se convierte en príncipe”, o al hombre que se metamorfosea en asno de oro); bien porque se trata de una definición basada en usos lingüísticos propios de una sociedad determinada, y que no pueden aplicarse universalmente al resto de las culturas (para un neoyorquino sería una aventura remontar el Amazonas, pero no lo sería para un indígena, del mismo modo que para un personaje como Tarzán residir en Nueva York supondría una aventura que en absoluto lo sería para un agente financiero de Manhattan); bien porque no son definiciones gnoseológicamente operatorias, capaces de dar cuenta de los rasgos lógico-materiales constitutivos y distintivos de lo que una aventura es, frente a otros hechos que, pareciendo ser aventuras, no lo son ni formal ni funcionalmente; bien porque son definiciones nominales, en las que el definiendum tiene como referencia propia la misma definición (“aventura es el hecho protagonizado por un aventurero”), o definiciones inductivas, en las que el definiendum tiene como referencia un término agente o canónico, en el que se supone se identifican los rasgos distintivos de lo definido (“aventura es el relato que protagoniza Ulises y todos los personajes semejantes a Ulises”); bien porque se trata de definiciones basadas en un sentido ordinario o convencional —no científico o categorial, ni filosófico o gnoseológico— del término (“aventura es una empresa de resultado incierto o que presenta riesgos”), tal como pueden recoger los diccionarios y repertorios lexicográficos de las lenguas naturales; bien porque se trata de definiciones ad hoc, fruto de una teoría literaria particular, propuestas con el fin de interpretar un determinado tipo o subgrupo de géneros literarios, como la “novela bizantina”, la “novela de caballerías”, las “crónicas de indias” o los “libros de viajes”.









[1] Los términos constituyen el primer ámbito del eje sintáctico del espacio gnoseológico, al tratarse de elementos que configuran y componen los respectivos campos de la actividad categorial. Por su parte, los referentes constituyen el primer ámbito del eje semántico del espacio gnoseológico, al constituir los elementos fisicalistas explícitos de toda actividad científica (Bueno, 1992).

[2] Aduzco aquí, a título de ejemplo, tres ciencias categoriales ampliadas, es decir, basadas en metodologías b-operatorias, las cuales están determinadas gnoseológicamente por la presencia del intérprete o sujeto cognoscente en el desarrollo lógico-material de las investigaciones, esto es, en la manipulación de los términos y referentes que se analizan. Vid. al respecto Bueno (1990a, 1992), Maestro (2006) y Moradiellos (2001: 49-84), así como la interpretación de El amante liberal que se expone en este mismo estudio.

[3] Bajtín nunca ofrece una “teoría” de la novela de aventuras, ni tampoco una “teoría de la aventura” en las formas históricas de la novela. Lo que expone, sobre todo, en su Teoría y estética de la novela es propiamente un descriptivismo pragmático de ciertos géneros y materiales narrativos, del cual se deriva, a partir de una metodología de notoria rentabilidad expositiva, una tipología más de lo que los relatos —novelas y cuentos, principalmente— son. Para una crítica al descriptivismo de la teoría literaria de Mijail Bajtín, vid. el último epígrafe de este trabajo, “Coda desde la teoría de la literatura”.



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