Cervantes y los moriscos

Sobre la invidencia e irresponsabilidad de la crítica literaria,
que actúa como abogada defensora de una irrealidad


El coloquio de los perros, Cervantes Project
Las críticas contra los moriscos forman parte, sin duda, de la perspectiva dramática. Con fundamento histórico inmediato, tras la expulsión acaecida en 1609, Cervantes apela aquí, una vez más, a un conflicto social y político, plenamente antropológico, nada metafísico, y que se inscribe además en un intertexto literario de notorias dimensiones, las cuales conducen sin reservas al Quijote (II, 54). La caracterización negativa, depravada, que hace Berganza del morisco al que circunstancialmente sirve es por completo tópica, al recoger una acumulación de lugares comunes plenamente vigentes en la opinión social del vulgo en la España de principios del siglo XVII. Pero no cabe despachar tales declaraciones sin más, diciendo que se trata de tópicos y palabras comunes. Hay algo más. Algo más importante. Estas observaciones de Berganza contrastan dialécticamente con las relaciones que protagonizan Sancho y el morisco Ricote —quien porta, para chuparlos, huesos mondos de jamón, y tal vez no solo para disimular— en la novela mayor de Cervantes.

Por maravilla se hallará entre tantos uno que crea derechamente en la sagrada ley cristiana; todo su intento es acuñar y guardar dinero acuñado; y para conseguirle trabajan, y no comen; en entrando el real en su poder, como no sea sencillo, le condenan a cárcel perpetua y a escuridad eterna; de modo que ganando siempre y gastando nunca, llegan y amontonan la mayor cantidad de dinero que hay en España. Ellos son su hucha, su polilla, sus picazas y sus comadrejas; todo lo llegan, todo lo esconden y todo lo tragan. Considérese que ellos son muchos y que cada día ganan y esconden poco o mucho y que una calentura lenta acaba la vida como la de un tabardillo; y como van creciendo, se van aumentando los escondedores, que crecen y han de crecer en infinito, como la experiencia lo muestra. Entre ellos no hay castidad, ni entran en religión ellos, ni ellas: todos se casan, todos multiplican, porque el vivir sobriamente aumenta las causas de la generación. No los consume la guerra, ni ejercicio que demasiadamente los trabaje; róbannos a pie quedo, y con los frutos de nuestras heredades, que nos revenden, se hacen ricos. No tienen criados, porque todos lo son de sí mismos; no gastan con sus hijos en los estudios, porque su ciencia no es otra que la del robarnos. De los doce hijos de Jacob que he oído decir que entraron en Egipto, cuando los sacó Moisén de aquel cautiverio, salieron seiscientos mil varones, sin niños y mujeres; de aquí se podrá inferir lo que multiplicarán las destos, que, sin comparación, son en mayor número (610-611).

Los reproches de Berganza son atribuciones colectivas, tópicas, y francamente superficiales. Pero no sólo: el can ilustra lo que dice con un ejemplo concreto. El morisco, por avaricia, lo mata de hambre. Berganza sobrevive compartiendo la comida que le da un mísero poetastro: mendrugos de pan inmasticable, duros como piedras. No es aceptable lo que dice la crítica que se enfrenta a este pasaje desde la obsecuencia de lo políticamente correcto, para decir, de forma falaz y sin fundamento, que no hay aquí referencias a morisco concreto. ¿Acaso no se está refiriendo Berganza a que un morisco concreto no le da de comer apenas y tiene que sobrevivir de lo que le sobra a un mísero poeta? No es cierto que se censure un género, y no un personaje. Se censuran ambas cosas: el género y el personaje, es decir, a los moriscos como grupo social y al morisco —hortelano andaluz— como personaje específico. Berganza insiste en particularizar su información “desta buena gente” (610). Esta crítica canina expone una opinión común, sí, sin duda, y también una experiencia particular, la de Berganza, que no por literaria es irrelevante o ficticia. No es un eco, como ha sugerido más de un intérprete cervantino, sino una afirmación de hecho. Cervantes puede pensar, o no, realmente lo que Berganza afirma con tanta generalidad como especificidad. No sólo es coherente y aceptable una lectura capaz de descubrir la ironía que se encierra en tales palabras. También es coherente y aceptable una lectura contraria. La ironía que se atribuye a Cervantes no solo está en las palabras. Está también en los hechos. Y las palabras de Berganza contra los moriscos, aunque sean tópicas, no están en contradicción, en absoluto, con el comportamiento del morisco, que apenas da de comer al can. De hecho, el propio Berganza abandona al morisco, sin dudarlo, para poder sobrevivir y evitar morir de hambre.
Jean Canavaggio se equivoca abiertamente cuando, en este sentido, movido sin duda por la obsecuencia de coincidir, o de no entrar en conflicto, con la ideología multiculturalista, dominante de la época en que plantea su lectura de esta novela, escribe lo siguiente:

La diatriba antimorisca que pronuncia Berganza, en El coloquio de los perros, es por sí sola una obra maestra de ironía: suponiendo que resuma las quejas de los cristianos viejos frente a una minoría activa y prolífica, expresa una visión de las cosas harto más compleja que el discurso oficial, basado en una argumentación exclusivamente religiosa. Detalle revelador: esa “morisca canalla” a la que vitupera Berganza se encarna en el hortelano andaluz que la ha recogido generosamente (Canavaggio, 1986/2003: 328, cursiva mía).

La crítica literaria, incluso la académica, busca simpatizar con su presunto público. Se esperaría de los hispanistas, de los universitarios, de los académicos, una independencia y un sentido verdaderamente críticos. El resultado, decepcionante, es muy otro. No es cierto lo que escribe Canavaggio. Y no lo es porque el morisco, dulcificado en la figura del “hortelano andaluz”, tal como lo presenta el hispanista francés, como si se tratara de un personaje costumbrista y adánico, y no de un avaricioso miserable de dimensiones superlativas, que come con su propio can una suerte de sopas de pan de maíz, y todo ello por no gastar un ardite de la riqueza que posee, el morisco —digo— no acoge, en ningún momento, generosamente, a Berganza. Lo acoge para que le haga un servicio sin coste: que le cuide la huerta. El morisco vive como un avaro, rodeado de riqueza que atesora sin consumir. Y así lo demuestran no solo las palabras de Berganza, sino los hechos narrados. No se olvide que la ironía cervantina no se reduce a palabras, sino que opera, sobre todo, y muy significativamente, en la fábula, en la composición de los hechos, en la metabolé de cuanto ocurre, y se revela, específicamente, en la dialéctica que separa y quiebra lo que se dice de lo que se cuenta. Este abismo entre lexis (lo que se dice) y fábula (lo que de hecho ocurre) es fundamental en la interpretación de los materiales literarios cervantinos. Lo que se cuenta no siempre es lo que ocurre, porque la forma de decir, la forma de contar, no se corresponde con los hechos que, de hecho, tienen lugar. Los narradores cervantinos dicen unas cosas que los hechos —los mismos hechos que ellos narran— desmienten. Hay un divorcio literario entre palabras y acciones. No cabe mayor cinismo.
Prestemos a tención no solo a las palabras de Berganza, sino a los hechos que el propio perro narra de forma explícita.
¿Por qué Berganza da con el morisco? Por la casualidad, huyendo de unos gitanos titiriteros, que hacían del perro un payaso ambulante. A Berganza ese “oficio” no le gustaba, y huye por iniciativa propia. Nótese el parecer inicial de Berganza, que juzga equivocadamente la buena perspectiva que le ofrece el morisco, teniendo en cuenta sobre todo que no dispone en ese momento de otras opciones (no había allí altercar…):

A cabo de veinte días, me quisieron llevar a Murcia. Pasé por Granada, donde, ya estaba el capitán cuyo atambor era mi amo. Como los gitanos lo supieron, me encerraron en un aposento del mesón donde vivían; oíles decir la causa; no me pareció bien el viaje que llevaban, y así, determiné soltarme, como lo hice, y saliéndome de Granada di en una huerta de un morisco, que me acogió de buena voluntad, y yo quedé con mejor, pareciéndome que no me querría para más de para guardarle la huerta, oficio, a mi cuenta, de menos trabajo que el de guardar ganado; y como no había allí altercar sobre tanto más cuanto al salario, fue cosa fácil hallar el morisco criado a quien mandar y yo amo a quien servir. Estuve con él más de un mes, no por el gusto de la vida que tenía, sino por el que me daba saber la de mi amo, y por ella la de todos cuantos moriscos viven en España (609, cursiva mía).

Berganza no deja lugar a dudas: está con el morisco por curiosidad, no por gusto. Quiere conocer la vida del morisco y los de su casta. Su labor sigue siendo la de un explorador social, al servicio de la crítica y de la desmitificación. Y el resultado es decepcionante, pues…:
                                                                          
¡Oh, cuántas y cuáles cosas te pudiera decir, Cipión amigo, desta morisca canalla, si no temiera no poderlas dar fin en dos semanas! Y si las hubiera de particularizar, no acabara en dos meses; mas, en efeto, habré de decir algo; y así, oye en general lo que yo vi y noté en particular desta buena gente (609-610).

¿Cómo sobrevive Berganza durante su estancia con el morisco? Por los mendrugos de pan que le da un miserable poeta, porque el morisco lo mata de hambruna.

Como mi amo era mezquino, como lo son todos los de su casta, sustentábame con pan de mijo y con algunas sobras de zahínas, común sustento suyo; pero esta miseria me ayudó a llevar el cielo por un modo tan estraño como el que ahora oirás (611, cursiva mía).

Berganza introduce aquí el episodio del poeta —y del comediante—, quien lo alimenta durante el tiempo que dura la composición de su obra:

El poeta, después de haber escrito algunas coplas de su magnífica comedia con mucho sosiego y espacio, sacó de la faldriquera algunos mendrugos de pan y obra de veinte pasas, que, a mi parecer, entiendo que se las conté, y aun estoy en duda si eran tantas; porque juntamente con ellas hacían bulto ciertas migajas de pan que las acompañaban. Sopló y apartó las migajas, y una a una se comió las pasas y los palillos, porque no le vi arrojar ninguno, ayudándolas con los mendrugos, que morados con la borra de la faldriquera, parecían mohosos, y eran tan duros de condición, que aunque él procuró enternecerlos, paseándolos por la boca una y muchas veces, no fue posible moverlos de su terquedad; todo lo cual redundó en mi provecho, porque me los arrojó, diciendo: «¡To, to! Toma, que buen provecho te hagan'». «¡Mirad —dije entre mí— qué néctar o ambrosía me da este poeta, de los que ellos dicen que se mantienen los dioses y su Apolo allá en el cielo!» En fin, por la mayor parte, grande es la miseria de los poetas, pero mayor era mi necesidad, pues me obligó a comer lo que él desechaba. En tanto que duró la composición de su comedia no dejó de venir a la huerta ni a mí me faltaron mendrugos, porque los repartía conmigo con mucha liberalidad, y luego nos íbamos a la noria, donde yo de bruces y él con un cangilón, satisfacíamos la sed como unos monarcas. Pero faltó el poeta, y sobró en mí la hambre tanto, que determiné dejar al morisco y entrarme en la ciudad a buscar ventura, que la halla el que se muda (613-614).
                                                
¿Por qué Berganza abandona al morisco? Porque un día el poeta desaparece, y con el poeta desaparece también el sustento del perro. Por propia iniciativa Berganza abandona al morisco, quien vive y come como un miserable pese a ser un rico “hortelano andaluz”. Durante su heril relación con el morisco, Berganza se alimenta de las sobras de pan que un desdichado poeta echa fuera de su propia boca al no poder masticarlas de lo duras que son. ¿Dónde está el trato generoso que Berganza recibe del morisco? ¿Cómo cabe, pues, y en consecuencia, entender estas palabras de Canavaggio tras una lectura atenta del texto?

Detalle revelador: esa “morisca canalla” a la que vitupera Berganza se encarna en el hortelano andaluz que la ha recogido generosamente (Canavaggio, 1986/2003: 328).

Sólo cabe reinterpretarlas como un error notable. En todo caso, como una irresponsabilidad.
El “detalle revelador” responde a una irrealidad textual, literaria e interpretativa. El morisco nunca ha sido generoso con Berganza. Uno tiene la impresión de que no hay, ni habrá, por el momento, un solo hispanista capaz de plantear una interpretación no irónica de este pasaje. ¿Por qué nadie se atreve a hablar de un Cervantes capaz de criticar, sinceramente, a los moriscos? Solo la obsecuencia de lo políticamente correcto y el imperativo contemporáneo del mito del multiculturalismo pueden explicar esta actitud, refrendada por la habitual endogamia desde la que se blinda a sí mismo el mundo académico y quienes forman parte de él.
La ironía cervantina no es soluble en lo políticamente correcto. Ni en su época ni en la nuestra. Tampoco el mito del multiculturalismo, ni la retórica posmoderna, puede explicar, en absoluto, la complejidad que exigen los textos de Cervantes. El autor de las ejemplares no escribió su literatura para que los críticos de turno, en conjunción con los moralistas de cada época y lugar, justifiquen sus prejuicios, gustos o caprichos. No basta decir que un fragmento cervantino es irónico para preservar a su autor de una más que presunta islamofobia contemporánea, en unos casos, o de una no menos inquietante judeofobia, también comprometedora, en otros casos, para el crítico o el hispanista de turno. La interpretación literaria no puede ni debe ser una caja de resonancia de las ideologías de cada tiempo y lugar. Tampoco debe ser la trinchera donde se parapeta el crítico o el intérprete para preservarse de las observaciones o amonestaciones de los ideólogos que custodian, en los análisis literarios, la observancia de los prejuicios contemporáneos. Somos críticos, no activistas. Nuestra labor es científica, no ideológica. No ratificamos ni explotamos prejuicios: los combatimos. ¿Se imaginan que interpretación podría haberse hecho del Quijote si el nazismo se hubiera puesto a explicar la obra de Cervantes? Es curioso que a casi nadie le sorprenda la facilidad con la que se entregan a las ideologías vigentes quienes se dedican a la crítica literaria. La Universidad nunca ha sido independiente de nada. Y hoy, más que nunca, está vendida, muy baratamente, a toda suerte de ideologías imperantes, intimidatorias o, simplemente, de moda.

Jesús G. Maestro




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Bibliografía

  • Véase la sección correspondiente AQUÍ.


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