La Literatura Comparada es una invención europea





La Literatura Comparada, mal que les pese a los enemigos del eurocentrismo —en el que curiosamente todos ellos han sido educados, y cuyas formas de vida imitan tanto como dicen combatir—, es una invención europea, y desde Europa ha sido exportada como tal a todos aquellos países extracontinentales que, tras haberse desarrollado como sociedades políticas civilizadas, han podido importar y adoptar el comparatismo como método racionalista de interpretación literaria y cultural.


Voy a referirme críticamente al artículo de Armando Gnisci sobre “La literatura comparada como disciplina de descolonización” (1996). 
Como posmoderno que es, Gnisci sostiene la misma simpleza de ideas, así como las mismas ideas, que Chaitin. Lo que varía en uno y otro autor es, formalmente, el título de su escrito. Cedo la palabra a Gnisci:

La primera opción, que impone la asimilación de la literatura comparada a la teoría de la literatura en nombre de la pretendida superioridad de ésta, expresa la actitud típicamente egocéntrica de los países europeos y norteamericanos al proponer una vez más la vieja concepción imperialista y jerárquica de la ciencia occidental: aquella que impone un saber fuerte y central como fundamento de toda forma de conocimiento. La segunda opción, articulada y múltiple, nace por el contrario de desarrollos concretos de los estudios literarios desde una perspectiva auténticamente mundial y no exclusivamente euroamericana. Es más, los estudios de traducción, los estudios poscoloniales e interculturales y los estudios sobre la mujer no son indiferentes o alternativos entre sí, sino que parecen ir en la misma direccion unidos por una especie de “familiaridad” […].   
¿Cuál es la dirección? Al parecer, la de una nueva definición de los estudios literarios y de humanidades desde la perspectiva de un mundo en continuo cambio, justamente de un “mundo poscolonial” en el que estamos todos implicados. Dicha dirección probablemente llevará también a la formulación de “un nuevo humanismo” planetario y múltiple no ya impuesto por la civilización europea en nombre de su pretendida razón universal sino por el diálogo entre las diferentes culturas del mundo, es decir, por su “hablar juntos”. Lo que los latinos llamaban colloquium (Gnisci, 1996/1998: 189).

Con una salvedad: el colloquium, para los latinos, es decir, para los antiguos habitantes de Latium —Lacio en la actualidad— y los pueblos por ellos colonizados, bajo el nombre de Imperio Romano, implicaba el uso de palabras dotadas de sentido, esto es, con valor ontológico. Nada más lejos, pues, del discurso posmoderno, que hace del diálogo entre culturas un hablar por hablar. Pero voy a ir por partes.
En primer lugar, ha de constatarse que la ciencia no es occidental u oriental, ni de Levante ni de Poniente. La ciencia es racional y lógica, o no es. No conviene confundir la Gnoseología con la Geografía, ni el conocimiento científico con los puntos cardinales de un supuesto mapamundi de Europa. 
Si el conocimiento científico desarrollado por la civilización europea y occidental ha hecho posible el mundo presente, la solución a los problemas políticos y económicos no pasa por la clausura de la ciencia ni por la derogación de la razón, por ser ciencia y razón realidades de construcción europea y occidental. Precisamente cuando la ciencia y la razón se destruyen los problemas se incrementan. 
El ser humano no puede vivir al margen de la razón, ni al margen de la ciencia, porque desde ese momento, convertido en un analfabeto absoluto, tal y como quieren vernos los posmodernos —quienes renuncian al uso de la razón y de la civilización en favor de la exaltación del “diálogo entre culturas”—, el ser humano no tendrá nada que hacer ni nada que decir. Porque no se puede dialogar al margen de la razón, y porque no se puede protagonizar ningún acto de habla con signos que carecen de valor ontológico, es decir, de contenido referencial efectivo. 
Si a Gnisci no le gusta la ciencia y la razón que él llama “occidentales y europeas”, que nos haga el favor de decirnos cuál es la ciencia y la razón desde la que le gustaría educarnos acientíficamente e irracionalmente.
En segundo lugar, Gnisci se nos declara partidario de lo que él mismo denomina la “segunda opción, articulada y múltiple”, como si la primera estuviera desvertebrada y fuera unívoca. Sitúa a esta segunda opción en una “perspectiva auténticamente mundial y no exclusivamente euroamericana”, como si Europa y América fueran lo que son y como son al margen de lo que han sido y son con respecto a la totalidad del Mundo Interpretado por las ciencias y colonizado por el Imperio. 
Gnisci alcanza el disparate máximo cuando propugna la unión, completamente acrítica, ideal, imposible e inverosímil, entre estudios de traducción, estudios poscoloniales, estudios interculturales y estudios feministas, como si todo fuera uno y lo mismo, y como si los contenidos ontológicos de cada uno de estos referentes pudieran ser solubles entre sí como el agua pura se disuelve en el agua pura. 
Declara el propio Gnisci que la valencia que los une es la “familiaridad”. No, aquí las relaciones no vienen dadas por coherencia, criterios objetivos, o razones discutibles, no, aquí las diferentes tendencias y alternativas van en la misma dirección unidas por una especie de “familiaridad”. No cabe mayor psicologismo. La “familiaridad” es, pues, el criterio. La experiencia mística viene a continuación.
En tercer lugar, Gnisci nos anuncia el advenimiento de “un nuevo humanismo”, que en la plenitud de su misticismo se atreve a calificar de “planetario y múltiple”, afirmando que no viene impuesto “por la civilización europea”, ni “por la razón universal”, sino por el “diálogo entre las diferentes culturas del mundo”, diálogo que Gnisci reduce a un “hablar juntos”. 
El colmo de la necedad sobreviene cuando identifica esta suerte de “conversación de ascensor” interplanetario con el colloquium de los latinos, precisamente del pueblo más poderosamente imperialista de la Historia de la Humanidad. Gnisci tiene un concepto de cultura completamente idealista, metafísico y posmoderno. Habla de las culturas como si fueran personas, y como si entre sí pudieran platicar de naderías e intrascendencias. Habla del diálogo como si éste fuera la clave que resuelve todos los problemas. 
El concepto de diálogo que sostiene Gnisci es una afrenta a la inteligencia humana: “Lo que permite este diálogo no es la existencia de un mismo tema de estudio o de un mismo campo de investigación —por ejemplo un siglo de historiografía literaria: el XVIII; un autor: Joyce; o un movimiento: las vanguardias y el modernismo— sino la experiencia del encuentro en sí, cuyo fin es el diálogo sobre todas las literaturas a todos los niveles. Encuentro que tiene lugar desde la igualdad y la reciprocidad” (Gnisci, 1996/1998: 189). 
Gnisci está proponiendo un diálogo sin contenidos, en el que lo único importante son los dialogantes. Imagínense un congreso de Urología en el que lo único importante es la cultura aborigen de cada urólogo. Lo importante del congreso de Urología sería participar en el colloquium, pero no (para) hablar de Urología. Si los seres humanos se entendieran hablando, bastaría aprender a hablar, y ni siquiera a leer o a escribir, para vivir en paz perpetua. Pero no es así. Porque que los seres humanos se entiendan no quiere decir que se soporten. Porque precisamente cuando mejor comprendemos al adversario es cuando estamos en mejores condiciones de dominarlo. Y porque el diálogo es la mejor forma de perpetuar la colonización de lo que la posmodernidad ha dado en llamar, con una simpleza propia de quien ignora la Historia de la Filosofía, el “otro”. 
La comprensión no sólo no asegura la paz, sino que provee a quien más y mejor comprende de mejores y más posibilidades de dominar al que menos y peor comprende. En un contexto ideológico administrado por la corrección política de la posmodernidad, el diálogo y la solidaridad entre los pueblos y las culturas son los instrumentos más eficaces para ejercer el poder, el dominio y el control de todo cuanto existe, y en especial el dominio sobre esos pueblos y culturas que queremos hacer solidarios de nuestro pueblo y nuestra cultura. 
La solidaridad contemporánea es el derecho actual a ejercer el imperialismo posmoderno. Éste es el imperialismo que practican los explotadores de la miseria que viven y trabajan en el primer mundo, y que subvencionan con sus impuestos el imperialismo que practican los estados explotadores de la riqueza tercermundista. 
La posmodernidad vive en la creencia de que el ejercicio de la solidaridad le confiere derecho a todo. Es pronto para saber en qué puede desembocar esta ilusión trascendental. Por el momento, la consecuencia académica es la más absoluta miseria de ideas críticas y de conceptos científicos. ¿Durante cuánto tiempo puede sobrevivir un departamento, una institución académica, una universidad, ejerciendo una docencia y una investigación al margen de la razón? Tanto tiempo como perviva el Imperio que mantiene tales instituciones universitarias en funcionamiento. USA y Europa necesitan decisivamente de los posmodernos, y de su discurso de explotación de la miseria, para seguir explotando la riqueza. 
De no ser por esta razón, la posmodernidad ya no existiría. La posmodernidad es el principal aliado del Imperio contemporáneo. Todos los posmodernos trabajan para él. Y no por casualidad el Imperio les otorga la lengua, las universidades y las editoriales. La explotación de la riqueza no podría ejercerse de forma planetaria y globalizada si no estuviera acompañada posmodernamente de la explotación de la miseria.



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